Más que monos, monísimos

(Algo sobre Atapuerca)

Por Juan Manuel Barberá

Stanley Kubrick tuvo una idea
y la expresó en su película 2001: una odisea en el espacio:
Un mono se encuentra con una especie de menhir que irradia luz y sonido,
y estas sensaciones, con el fondo musical de Así hablaba Zaratustra,
hacen que el simio empuñe un hueso y se dedique a dar mandobles a diestro y siniestro:
un mono que a través de la violencia se convierte en humano.

Esta teoría cuando menos, sagaz, ha dado lugar a otras hipótesis atrevidas
expresadas por algunos paleontólogos.
La idea es sencilla: nuestro instinto cazador y asesino
sería el responsable de la evolución de la especie humana.

Dando por hecho que esto es así y que el homo sapiens desciende de los monos y no del Neandertal, ni del chico de la gran Dolina, ni siquiera del Homo antecesor,
podría ser que además de nuestra mayor capacidad para el pensamiento simbólico,
también hubiéramos basado nuestro triunfo sobre otras especies en el uso de la violencia.

Según los interesantísimos datos que de poco en poco tiempo se descubren
a través de los restos encontrados en Atapuerca (Burgos),
hoy sabemos que Europa estuvo ocupada por homínidos antes de los 500.000 años
que reflejaban los antiguos libros de ciencias naturales.
De hecho, parece que incluso ya había tribus nómadas de homínidos
pululando por lo que ahora es Burgos hace más de 900.000 años, nada menos.

Pero lo más sorprendente de esta historia es que estos homínidos antecessor
eran los abuelos de los terribles neandertales
, que desaparecieron de la faz de la Tierra
tal vez como consecuencia de una catástrofe natural,
fruto de una epidemia
o por la mano de los cromañones, antepasados, a la sazón, del homo sapiens.

Costumbres que afectaban a la salud, a la vida y a la muerte. Porque, en unos casos eran caníbales -se comían entre ellos-, en otros, carroñeros, y muchas veces víctimas de otras especies más fuertes.
Nadie sobrevivía al destete materno y a las consecuentes infecciones y enfermedades,
si no era un ejemplar “perfecto”.
De manera que nadie miraba atrás cuando trasladaban su campamento de un lugar a otro, tal vez buscando parajes menos inhóspitos o alimento que llevarse a la boca.
Simplemente, dejaban en el camino al que no podía caminar con resultado de muerte segura.

Ahora no es muy distinto.
Estamos en una sociedad en la que se premia al truhán, al impostor, al defraudador, al corrupto, al que más golpes pega…
y se dice de él: ¡qué tío más listo¡,

y se castiga o se persigue a las buenas personas, cumplidoras de sus obligaciones, con sentido común, justas y solidarias.

Este entramado social en el que se utiliza el hueso físico o psicológico para golpear y prevalecer sobre el prójimo, hombre o mujer, donde no existe opinión pública autorizada y en la que se premia a quien consigue el éxito fácil, sin esfuerzo y a costa de lo que sea, está más cerca de los simios que de un homínido que se ha autobautizado como sabio, aunque este adjetivo deje mucho que desear. Pocos mirán atrás y ayudan al que se quedó en el camino o al más débil.

Muchas parejas dirían que su cónyugue se comporta como un neandertal e incluso que muchas veces viendo fútbol o una serie de moda, emite sonidos guturales, cercanos a los 3 megaherzios de potencia o más. Un lenguaje abyecto y descorazonador que no le hubiera servido para comunicarse ni a los seres de Atapuerca.

De manera que nadie se engañe. Atapuerca nos ha mostrado a los europeos del Pleistoceno, en muchas de sus costumbres cercanos al prohombre globalizado del siglo XXI, aunque nuestros genes sean de simios. Por eso no somos monos, sino más que monos; es decir, monísimos.

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